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Tuesday, November 11, 2014

La moral y el realismo en el trabajo de desarrollo.

Mientras ocho adultos con formación universitaria se paran afuera de un invernadero, luchando por construir un sistema de recolección de agua, las dudas de nuestra capacidad para hacer una diferencia concreta no pueden sino levantarse. Al venir a este proyecto, nos proveyeron de una doble página que ilustra los proyectos objetivos y logros, donde indicaba que nuestra tarea era ayudar a las mujeres en el Altiplano a cultivar hortalizas en invernaderos y al aire libre. Las metas fueron proporcionar un ingreso económico; permitir quedarse en casa con sus hijos en lugar de dejarlos solos en casa mientras trabajan, así como también mejorar la dieta de los de su comunidad.

Trabajando en la filtración de la tierra para el invernadero de Doña Emiliana.

Haciéndonos a un lado y mirando con orgullo nuestro sistema de agua funcionando, así como la lechuga recién plantada (se lograron las primeras verduras plantadas en el invernadero de Emiliana, después de pasar mucho tiempo y energía preparando el terreno con tierra y abono apropiados) una sensación de alivio nos supera. Hemos aceptado desde hace mucho tiempo que no vamos a resolver las cuestiones más importantes de desnutrición de los niños de toda la población del altiplano que se quedan solos en casa, con nuestro proyecto de tres meses con Focopaci. Sin embargo, estamos contentos con nuestro logro en la posibilidad de resolver esta situación para una familia de cinco hijos y su madre.  

El establecimiento de una sistema de agua en el invernadero de Emiliana.

Siempre he encontrado inquietante la amalgama de la moralidad y el realismo. Con tanto trabajo que se necesita hacer, ¿cómo aceptamos los límites de nuestras capacidades de manera acorde con nuestras virtudes? Durante el periodo en el que decidía hacer voluntariado en el extranjero, me encontraba paralizado en poder ayudar a aquellos que se encontraban demasiado distantes de mí, impotente para frenar aquellas voces no contienen tanto peso. Me pregunté entonces, como lo hago, si es que sigo siendo tan distinto a ellos.

Preparando el tierra para la siembra en la casa de Doña Alicia.


Sé muy bien que no soy la solución al tema de la pobreza. Pero ¿qué significa ser parte de la solución? Mientras que de ninguna manera me considero un experto en cuanto a las soluciones de los fundamentos de la pobreza, estoy seguro que por cultivar un respeto por la tierra y los demás, a través de pasar tiempo con el suelo en el que nos encontramos, en compañía de aquellos con quienes compartimos un sincero respeto, podemos empezar a encontrar las repuestas a muchos de los grandes preguntas que enfrenta el mundo en este momento frágil de la historia humana.

Con los hijos de Emiliana, habiendo plantado lechugas.

Escrito por Nick Bartholdy

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